Mantener una piel saludable y radiante empieza con un simple pero poderoso hábito: la limpieza. Este paso, a menudo subestimado, es fundamental para preparar la piel y maximizar los beneficios de cualquier producto que apliques después. Veamos por qué no deberías saltártelo nunca.
1) La base de todo: elimina impurezas y prepara la piel
Durante el día, tu piel acumula suciedad, residuos de contaminación, grasa y restos de productos. Si no limpias bien tu rostro, esos residuos pueden obstruir los poros, provocando brotes, irritaciones y un aspecto apagado. La limpieza permite que los ingredientes activos de los productos que apliques después penetren mejor y trabajen de manera más eficiente.
2) Elige el limpiador adecuado para tu tipo de piel
No todos los limpiadores son iguales, y es importante encontrar uno que se ajuste a tu tipo de piel. Si tienes piel seca, busca productos suaves e hidratantes, mientras que las pieles grasas pueden beneficiarse de un limpiador más purificante. ¿Tienes piel sensible? Opta por fórmulas sin fragancias ni alcohol. Una buena elección te ayudará a mantener el equilibrio natural de la piel sin causar resequedad o irritaciones.
3) Limpieza diaria: mañana y noche, un ritual innegociable
Es fundamental limpiar el rostro dos veces al día: por la mañana, para eliminar el sudor y el sebo acumulado durante la noche, y por la noche, para deshacerte de la contaminación, el maquillaje (si lo usas) y la suciedad del día. No te saltes este paso, especialmente antes de dormir, cuando la piel entra en un proceso de regeneración celular.